2013/07/15

Intervención de Luis Javier Telleria en la mesa redonda

La Representación Política desde el Parlamento Vasco
Palacio de Miramar - Donostia
11 de julio de 2013





La democracia está en crisis, siempre hay que transformarla, pero siempre desde el principio de que es un instrumento de la sociedad, no la sociedad un producto de una democracia.

Aquí, la presencia de un dictador alargó nuestra falta de libertad más tiempo del imprescindible. Cuando Franco muere, los únicos demócratas que en España vivían eran los franquistas que, en su retorcimiento de la semántica, habían llamado a su dictadura, democracia orgánica.

Lo que a nosotros nos pasa viene derivado de confusos orígenes, y es que en España lo que había, era antifranquistas. Nuestro origen demócrata reside en el ansia de libertad y en el antifranquismo y no en la democracia en sí misma. Hemos ido a gran velocidad en una democratización dirigida por franquistas recauchutados, lo que probablemente sea el motivo de imperfecciones estructurales.

Se fue construyendo con prisas una teoría sobre la democracia, que partió del exclusivo principio de “una persona, un voto”, cuestión que resulta difícil de asumir para una parte de la sociedad, acostumbrada al organicismo de la democracia y al poder dirigido por élites.


Unos consideran que son más listos y estudiados que otros, y que por tanto, su voto es diferencial. Al no lograrlo, se dedican a firmar manifiestos de intelectuales, considerando que lo que un intelectual firma, tiene un valor extra sobre lo que firme un no-intelectual.

Otros, que están más informados que los demás, también consideran que su voto debería valer más, y como tampoco lo consiguen, se hacen tertulianos, detentadores de la opinión de todo aquello que pasa por delante, en un intento de condicionar a todo aquel lector, oyente o televidente para arrimar el ascua democrática a su sardina mediática.

También están los comunicadores y los medios, dueños del monopolio de informar. Digo monopolio, porque el sistema se ha ido decantando hacia medios que alimentan, cada uno, a su grey, los cuales son fieles, a su vez, a los medios que les alimentan ideológicamente con la información.

En fin, tertulianos, periodistas, intelectuales, banqueros o ecologistas en acción o en inactividad, grupos, gentes que entienden que lo de un ciudadano, un voto, es algo vulgar.

Aparte, se construyó una democracia basada en la representatividad de partidos políticos, muchos de los cuales han pasado, en poco tiempo, de las ansias de libertad que provocaron divertidas jaulas de grillos, en las que todo era opinable, a la magistratura democrática, de nuevo de las élites, que han convertido algunos partidos en tristes fortalezas amuralladas monolíticas que requieren, urgentemente, de procesos de democratización y apertura intensos. Aunque, respecto a las anteriores élites, los partidos, por lo menos, se presentan a las elecciones.

Hemos avanzado en el refuerzo de grupos elitistas de opinión, más sencillos de escuchar y, probablemente más fáciles de contentar. Porque, como dijo Amiel:”No niego los derechos de la democracia, pero no me hago ilusiones respecto al uso que se hará de esos derechos mientras escasee la sabiduría y abunde el orgullo”

Respecto al título de la mesa redonda, no sé mucho, pero puedo hablar de mí.
  • Siento que cada día represento a los y las ciudadanas vascas, siento que los represento con imperfecciones.
  • Siento que en mi representación de ciudadanos, represento un programa que elaboró un partido político, y que yo mismo ayudé a redactar.
  • Muchos días siento que muchos que votaron nuestra candidatura no lo hicieron como voto de adhesión a nuestro programa sino que nos votaron por múltiples razones, algunas incluso peregrinas.
  • Otros días siento realidades complejas que desbordan programas y opiniones.
  • La mayoría de los días siento que resulta complejo conjugar programa, realidad y opinión ciudadana, la cual, a su vez, es difícil de constatar.
Es aquí donde surge la traición, pero no una sola, como indica el director del curso en el blog, múltiples y cruzadas traiciones.

Todo es sentido, ¿Cuál es la realidad?

Porque, en todo este marasmo de traiciones, aparecen, en desesperados intentos de condicionar, los amantes de la democracia de élites, pretendiendo influir en la decisión a tomar y obviando la opinión ciudadana, autoproclamándose opinión pública. Y además, están los partidos políticos.

Hemos construido una democracia estructuralmente esclerótica.

Creo que se debe avanzar hacia una democracia que se inserte en la sociedad de una manera capilar y que todos nos la creamos.

La conformación de la voluntad general debería ser una conjunción de las voluntades de los partidos concurrentes y sus programas, con voluntades que surgen de la ciudadanía más o menos organizada y con realidades que surgen y que son más o menos esperadas. A partir de ahí se suceden una serie de traiciones, a los ciudadanos, a los programas, a la realidad, incluso a los partidos, o dentro de ellos, no olviden la máxima de “cuerpo a tierra que vienen los nuestros”. A la finalización de todas las traiciones se llega a una conclusión, la cual conformará imperfectamente una norma, una regla o una ley, que será imperfecta pero legítima y democrática.

Para que vayan haciendo ejercicios mientras termino, pueden calcular cuántas traiciones se han producido con las decisiones de los impuestos de Rajoy o con el puerta a puerta de EH Bildu?? ¿O los del movimiento 15M con ellos mismos? No es sarcasmo, es un ejercicio.

Hay algo que se está tejiendo, pero falta una cultura generalizada de participación.

Una parte de la sociedad que, por haber sido marginada durante tiempo de las instituciones o porque han trabajado más el tema, refleja con permanencia su presión hacia el parlamento y el gobierno, mientras que todavía existe una mayoría silenciosa y oculta, que delega en las élites.

Así por ejemplo, cuando se abrió por vez primera en la web del parlamento un espacio para opinar sobre una ley, en este caso, la del fracking en los ENP, un 99% de las mismas eran contrarias a tal técnica.

Una reciente encuesta sobre medio ambiente nos dice que un 58% de la población no ha oído hablar del asunto, y del 42% restante, en contra están el 56%.

Lo que vemos, como muestra, es que solo una parte de la sociedad transmite su opinión, solo un lado ideológico, o un lado tecnológico, actúan de lobby ciudadano, y esto convierte la participación en desequilibrada e injusta. Aunque tampoco se puede decir aquello de Mariano Rajoy de que “son más los que no se han manifestado que los que lo han hecho”.

Pero, ¿todos tiene que estar pensando sobre todo en todo momento para opinar sobre todo lo que se pueda decidir en parlamento y gobierno?, ¿o solo los que tengan intereses concretos y/o les apetezca acudir al debate? ¿Cuando se puede traicionar? Para obviar la compleja red de preguntas, se acude a las élites “opinadoras” y se zanja el asunto.

Por eso, hay que estimular la participación, hay que hacerla factible para que la sociedad sea más equilibrada, para lo hay que configurar sistemas que ofrezcan equidad en la participación. Como no sé estructurarlo, en el propio programa del PNV se manifiestan claramente objetivos para la legislatura que, partiendo de apostar por plataformas público-privadas para la gobernanza, una apuesta por la transparencia de las políticas públicas, avanza la creación de un observatorio de democracia participativa, una ventana electrónica de participación ciudadana y una ley de participación ciudadana, la cual debería establecer las materias en que van a ser consultada la población y en qué condiciones, apostando claramente por disminuir la cantidad de firmas necesarias para la ILP. En definitiva, más transparencia de la acción pública y más intercomunicación con la ciudadanía.

Se trata de crear un marco organizacional que potencie la conexión entre representantes y representados, entre acción y debate, para, en vez de sentir, constatar.

Habermas ya dijo que en los contextos de creciente reflexibilidad de los sujetos, el desarrollo de la democracia no pasa solo por la definición de las normas acordadas de cooperación entre los individuos expresadas en las leyes, sino que pasa por descubrir y generar mecanismos que faciliten a los ciudadanos conocer y expresar su adhesión reflexiva a esa cultura.

Como ven, un montón de ideas sueltas que, aparte de reflejar mi inseguridad en el tema, resumiría en:

Aprender colectivamente a ser demócratas, reinventarnos como sociedad democrática.

Y, en definitiva huir de artificios dialécticos y de la demagogia, para transformar a los ciudadanos, de clientes o usuarios esporádicos de la democracia en partícipes activos, en consumidores permanentes de la democracia. La democracia no acaba con la votación, justamente empieza. En definitiva, se trata de aprender a traicionarnos, democráticamente, eso sí.

Luis Javier Telleria, Eusko Abertzaleak-Nacionalistas Vascos


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